El Café Recoletos se abrió hacia 1928 y allí iban con frecuencia Agustín de Foxá, Enrique Jardiel Poncela, Jesús Evaristo Casariego, Fernando de la Cuadra Salcedo, Gustavo de Maeztu, Samuel Ros. César González-Ruano y, algunas veces, José Antonio Primo de Rivera. Cerca de esta tertulia, se sentaban, en alguna ocasión, Rafael Alberti y María Teresa León, siempre acompañados de sus incondicionales amigos comunistas. 1
La tertulia literaria se reunía en un ventanal de la izquierda, bajo un friso de caricaturas pintadas por Loriga. El editor del grupo literario del café era Ignacio de Noreña. Por su cuenta se publicaron unas hojas de versos con el nombre Pliegos Recoletos. El primero fue uno de González-Ruano y el tercero el de Marqueríe.
Noreña murió muy joven. «Entonces se supo que no había tenido nunca dinero. Al parecer aquella hojitas de versos las había editado valiéndose de unos cambalaches de estudiante.
Madrid, Pliegos Recoletos. Primera serie, 3, 1933. Precio: 3 perras gordas. Viñeta de Loriga.
Poemas
Madrid: lilas de mayo
¡Lilas,
de la Casa de Campo, lilas!…
Ya está el pregón de mayo goteando
sobre la clara taza madrileña,
en un vino de voz ebrio de calles,
de sol y de balcones con macetas.
Ya está el pregón de mayo despertando
-clarín que es la diana de la siesta-
la tarde ensombrecida de las Rondas,
el crepúsculo rojo de las Ventas,
la luz de los Cuatro Caminos,
el humo de Vallecas.
Arropando de flor y de perfume
a toda la ciudad fina y plebeya,
desde el Portillo de Embajadores
y Chamberí, por Hortaleza,
hasta el barrio de Salamanca
y la calle de la Princesa.
¡Lilas,
de la Casa de Campo, lilas!…
Madrid abre los ojos
en un azul de tintas velazqueñas
(el que la plaza de la Armería
por sus arcos al fondo abierto muestra.)
Madrid, claro y atónito,
sultán, mago, profeta,
cruel, alegre, cargado
de fiebre y de pereza!
(Muertos están Goya y Quevedo
y Bretón y Chapí
y Larra y Mesonero
y Ramón de la Cruz
y Moratín.
(¡Dejémosles ya en paz!…)
¡Lilas,
de la Casa de Campo, lilas!…
Hoy son las lilas
de flor menuda, de fragancia densa,
las que están descubriéndonos de nuevo
la ciudad y su primavera.
Su primavera antigua de manubrios,
de chulos con claveles en la oreja,
y de mocitas con pañuelos negros
de crespón de seda.
¡Qué importa que esté seco el Manzanares!
Hay pitos de cristal en las verbenas
y agua y azucarillos y aguardiente
y albahaca y hierbabuena.
Un corazón de plata como un ramo
de blancas lilas frescas…
Y reluce la calle de Alcalá,
no porque pase Andalucía por ella.
¡Lilas,
de la Casa de Campo, lilas!…
Y está el pregón de mayo goteando
sobre la fresca taza madrileña,
en un vino de voz ebrio de calles,
de sol y de balcones con macetas.
El borracho y la sombra
¡Todos los sábados
-¿no te da vergüenza, sombra?-
tirada sobre el asfalto,
como un perro
negro, tiñoso y sin amo,
dando vueltas a los ebrios
faroles del alumbrado!
¡Qué buscas, dime, qué buscas,
sombra de todos los sábados,
copiando sobre el paseo
las aspas de mi diálogo!
Yo no he faltado aquí a nadie.
Hablo y hablo
en el arroyo que es mío,
con las acacias, los rieles y los bancos.
Los hombres son unas bestias.
Sus casas, unos establos.
¡Sólo la calle y la noche
comprenden a los borrachos!
Conque ya lo sabes,
sombra de todos los sábados,
espía de mi ademán,
eco visual de mis pasos:
Ni te importa, ni me importas.
¡Largo!
¡Largo de aquí, perra sombra!
Anda a beber a otros charcos.
Loa a Manuela Reyes (la solía recitar González Marín)
Primero que yo a ti te olvide,
Manuela Reyes,
se ha secar la fuente
de la Cibeles.
¡Manuela Reyes!:
me he enamorado de tu nombre, casi
sin conocerte.
Vámonos, vámonos…
Todos se alejan
por el fondo de luces de la calle.
Tú te quedas solita
con esa fuente seca de tucante.
¡Manuela Reyes!:
en la noche del pelo, despeinada,
unos luceros rojos de claveles.
¡Caracoles, caracoles!…
Mocito, ¿qué ha dicho usté?
De lejos el pregón…
Para las burlas ya no tienes risa
porque es mentira la canción.
Dejaron de quererte,
se apagó de la fuente el claro chorro,
Manuela Reyes…
Que son tus ojos dos soles
y vamos viviendo…
mientras tú te vas muriendo
y cantan los Caracoles.
¡Manuela Reyes!: de pena,
te vas muriendo de pena…
y ¡ole!
Luna de bodas
10-9-32: cifras heridas
en el cóncavo oro.
Y, a los lados del tren, un mudo coro
de estaciones dormidas.
La noche de septiembre. El aguacero:
nudillos de la lluvia florecida
sobre el vagón cerrado y en huida.
Dentro tú y yo: los dos: el orbe entero.
10-9-32. Me han dado jaque
al corazón que, porque pierde, gana.
¡Luna de bodas en el almanaque
con un día parado en su ventana!
(En su alegre ventana
donde ya, desde hoy, será mañana).
Última hora
Voy amasando mi vida,
pan de sueños y de afanes,
entre el amor y el esfuerzo,
jornalero de verdades.
Creo y dudo, sufro y gozo
¿como todos?… ¿como nadie?
… Y el balón del mundo rueda
por el frío azul del aire.

- González-Ruano dice que «Alberti era entonces un muchacho delgado que andaba por Madrid con unos jerseys deportivos de cuello alto, amarillos, rojos o blancos, debajo de la americana. ↩