Poema curioso publicado en la revista Horizonte. Revista mensual de arte, literatura y actualidades (agosto 1939, p. 59).
Madrid despierta. Alumbran los pregones
el desperezo de los sueños.
Azotan la mañana en los balcones.
Como peces dorados
se retuercen los churros, en la cesta hilvanados
por verdes juncos ribereños.
Cucharillas de plata vagabundas
se fugan en carrillos de traperas,
descabaladas y errabundas,
entre adioses de espera.
Está recién lavado, limpio el cielo.
Las piadosas mujeres van a misa
y estrenan su sonrisa
con dulces buenos días bajo el velo;
las manos enyugadas
entre rosarios y devocionarios.
Asoman ya sus lenguas enlutadas
debajo de las puertas, los diarios.
Brinda un tesoro de dorados panes
la tahona caliente, perfumada
de retama y harina.
El tranvía traslada
un mundo de trabajos y de afanes
desde el lecho revuelto en la morada
al orden del taller y la oficina;
hombres, mujeres, niños, viejos,
la masa apresurada de vocación minera
que fatiga y desciende la profunda escalera,
y que se precipita
en el túnel de blancos azulejos
donde el tren subterráneo bufa y pita.
El buen manguero de la villa imita
arcos iris de agua. Concienzudo y paciente
platea el limpiavías
los rieles con que hieren la calle los tranvías.
El mercado bullente
grita sus mercancías
con su nombre, su precio y su piropo ardiente.
Ya es mediodía. Las sirenas hurlan
su nostalgia fabril de barcos encallados.
Las chimeneas burlan
a las nubes. Terrazas y tejados
levantan sus antenas a millares
-periscopios de música que afloran
en el cielo, y exploran
ilusiones de onda en los hogares-.
A la siesta estival de persianas corridas
van llegando las voces encendidas
por pregones vibrantes:
el buhonero dramático y las lilas fragantes,
la miel y el requesón, la fresca alfarería
de Talavera o Andalucía.
Alterna el estridor de claxons y bocinas
con silbatos del tráfago y campanas,
y motores sonoros,
y gritos de color en las esquinas
de inmóviles y ardientes carteles de los toros.
En el anochecer de la ciudad
se descargan y ondulan
los rayos incruentos de la publicidad.
Virulados de luces, gesticulan
los anuncios eléctricos. Los bares
automáticos sirven comensales con prisa.
Cines, donde hay pantallas como altares,
se inundan de ojos ávidos de emoción o de risa
por las puertas de pares o de impares.
Bañeros de la noche, serenos cachazudos
con su cinto de llaves, su chuzo y su farol
recogen a los náufragos, noctámbulos tozudos,
hasta que canta el gallo del sol.
No es el ciego instinto de unos momentos